Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, junio 29, 2013

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Orgullosa, la cabeza en alto, la mirada firme, el torso esbelto desafiante en su andar, caminaba apurada por la acera repleta de gente que se desplazaba en uno y otro sentido, apretando bajo su brazo varios folios que contenían escritos judiciales.
El intento de bajar el cordón de la vereda para cruzar la calle  se frustró con el encontronazo de los hombros de ambos. Un revuelo de papeles la sorprendió y,  rápida sin comprender mucho la situación atinó a recogerlos de inmediato.
El causante del choque humano hizo lo mismo y entre ambos juntaron presurosos los escritos que escaparon de su contenedor. Sin palabras, un simple cruce de miradas a pocos centímetros del suelo con la complicidad de la muchedumbre desplazante, bastó para que esos ojos dulces y tristes a la vez, negros o color café, daba igual,  no se borraran de sus recuerdos juveniles jamás. Un punzón latente se incrustó en su pecho, en el alto corazón dónde aquellas emociones imborrables se guardan y se duermen.
Por esas cosas de las asociaciones que nuestro cerebro cognitivamente hace, cada vez que Ángela escuchaba un tema de los Beatles, recordaba aquellos ojos, o mejor aún, esa forma de mirar, esa mirada única e irrepetible totalmente accidental.
Ya en la época de la telefonía móvil, el estruendo de un ring-tone la sobresaltó. A una nieta no se le  falla en los horarios comprometidos más si se trata de una actuación personal.
Salió de su departamento en pocos minutos,  tomó el turno semanal de la peluquería  y en dos horas estuvo lista.
Ignacia tocaba el violín a pesar de la dura resistencia de su padre que la había soñado licenciada en Ciencias Económicas.
Era una función de gala en la que todos estaban presentes, desde autoridades hasta parientes y amistades, pasando por los que no sabían porque habían sido invitados.
Ángela se ubicó en una de las primeras filas del teatrino barroco de la  Facultad de Artes y con la mirada buscó a su hija o a su yerno, pero ellos no pudieron acompañarla ya que ese día había personajes de renombre y debían prodigarles todo tipo de atenciones  protocolares.
Abrumada por las distintas emociones que la obra musical y la visión de su nieta le producían, no advirtió que su cartera se fue deslizando hasta el suelo yendo a parar justo a los pies del caballero que sentado delante suyo, había llegado casi tarde. El escenario ocupaba toda su atención.
Mientras el Director de la Orquesta Juvenil  agradecía con gentil ademán la ovación del público que aplaudía de pie, en medio del estruendo de los aplausos, Ángela alcanzó a escuchar la voz de un hombre que preguntaba si la cartera que había recogido le pertenecía. Ambos salieron de la fila de asientos tapizados en rojo aterciopelado y se encontraron en el pasillo, él portando la cartera. Pero el desplazamiento de la gente, alguna que continuaba aplaudiendo y otra que iba y venía, provocó entre Ángela y el desconocido un suave roce que hizo que la cartera cayera nuevamente. Al unísono los dos se agacharon a recogerla. Fue en ese instante, con un entorno también apabullante, que ella encontró los mismos ojos negros o color café, seguía dando igual. Y nuevamente el punzón en el pecho. Después del agradecimiento tímido replicado por un gesto cortés, la obertura que comenzaba a ejecutarse volvió a ambos a sus butacas.
Otra mixtura de sensaciones y sentimientos se adueñó de Ángela. Al finalizar la función ella lo miraba insistentemente. Él la saludó con amabilidad y se fue presuroso ante el reclamo afable de un directivo. Su loca esperanza de recuerdo o reconocimiento por parte de aquel hombre entrado en años pero apuesto se desvaneció como por arte de magia dejando,  un amargo sabor en su boca.
En su sillón hamaca, la mujer se mecía suavemente mientras sus pensamientos danzaban de a ratos al compás de “Yesterday” en un apretado baile o se detenían expectantes ante los acordes del Concierto para dos violines de Bach. El tiempo para Ángela no era una dimensión. El tiempo era el ahora en cualquier lugar.
2010
Versión 2013

sábado, junio 15, 2013

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A sus sesenta y ocho años, Doña Florentina era guapa y fuerte. Su tez trigueña descubría sus ancestros y aliviaba sus arrugas. Vivía en el viejo casco de lo que otrora fuese una estancia serrana: Villa Isabel, emplazada en las últimas estribaciones de las Sierras Grandes, en un paraje llamado Cruz de Caña. De ese lugar se decía que en épocas pasadas, hubo una posta a la que un día llegó, moribundo, un soldado del General Bustos dejando allí su osamenta para siempre. En su recuerdo, sus iguales clavaron una cruz sobre su tumba de piedras bola, hecha con cañas que trajeron del río próximo y que ataron con tientos de cuero de cabra.

Luego de la división de la tierra que hicieron los supuestos herederos del propietario, en los últimos años, a Florentina le quedaron algunas vacas, dos toros, unas cuantas ovejas, y gallinas y cabritos por doquier. A ella, le encantaban las flores y las cultivaba en viejos macetones de barro cocido, similares a los españoles de la colonia. Éstos, el pequeño jardín del frente diseñado por un jardinero francés y hermosas farolas de hierro forjado recordaban tiempos de esplendor. Era hija extramatrimonial de quien fuera el propietario de Villa Isabel. Florentina contaba con el papeleo necesario para demostrar su “animus domini” en legal forma, ya que el testamento ológrafo que dejara su padre se abrió por su expresa voluntad ante un afamado Escribano de la ciudad capital. No habría de desampararla y su mejor forma de hacerlo fue la de dejarle la estancia en la que había nacido, por entonces, quince años atrás. A poco de la partida del patrón, Florentina se casó con el capataz de la hacienda pero no tuvieron hijos, por un defecto genético del hombre, dijeron las voces murmurantes del lugar. Su compañero de vida la había acompañado por treinta años y ahora hacía más de veinte que estaba sola. Mucho tiempo.

Una mañana de incipiente verano llegó a la estancia, una camioneta negra 4x4 con varios hombres jóvenes, pertrechados como para escalar la montaña quienes pertenecían, en su calidad de investigadores, al CONICET*. Traían el permiso correspondiente para llegar al lugar de abordaje de sus labores, ingresando por Villa Isabel. Apenas llegados, uno de ellos tuvo la mala suerte de deslizar un pie por el hueco de un viejo guarda-ganado en desuso, quedando su rodilla atascada en él. Fue necesario cortar los barrotes para que el investigador pudiese sacar su pierna. Por consejo del joven médico del Dispensario del lugar no hubo más remedio que dejarlo haciendo reposo en la estancia, al cuidado de Florentina. El proceso de desinflamación de la rodilla, llevó su tiempo. El médico llegaba por la Isabel como abreviaban los paisanos, dos veces por semana. Luego del control, Florentina lo invitaba con unos mates y pan casero y aprovechaba para conversar con el joven. El accidentado mejoró y partió antes que sus compañeros rumbo a la capital. Los demás permanecieron en su tienda de campaña poco más de un mes. Pablo continuó visitando a Florentina en sus días de franco y poco a poco se fueron haciendo amigos hasta contarse buena parte de sus vidas. “Cuando haga cabrito al horno de barro, me manda a avisar, Doña Florentina” era la frase de despedida de Pablo. Tenía 33 años y una vida por delante para hacer todo aquello que aspiraba dentro y fuera de su profesión. Una tarde de fines de febrero, llegó en su desvencijado automóvil y le pidió permiso a la mujer para pasar una semana en su carpa, a orillas del arroyo que, a unos 300 metros de la casa, atravesaba la estancia. Serían dos personas las que vacacionarían.

Grande fue la sorpresa de Florentina quien de antemano había atribuido un sexo diferente al acompañante, cuando, llegado el día vio bajar del coche al médico y otro hombre mayor, con gorra gris y bombacha bataraza: Un gringo bien plantado de cachetes rojos y poco pelo. Era el padre de Pablo. Al conocerlo, tras la presentación, no pudo menos que ofrecerles alojarse en su casa en calidad de huéspedes. “Cómo vas a llevar a tu padre a una carpa, Doctor” expresó la dueña de casa por poco ofendida con el médico. Cabrito al horno de por medio, la carpa y demás bártulos de Pablo fueron a parar al galpón donde se guardan las herramientas de campo, a excepción de la ropa y los libros, claro está. Los tres habrían de pasar una semana inolvidable. Las amenas tertulias, los paseos a caballo, el aire puro de la montaña y el cielo celeste del lugar, configuraban una especie de paraíso en la tierra para Florentina. Su vida había girado 180 grados. Durante el tiempo que amenizaba con Pablo, aprendió a conocerlo y a tratarlo casi como al hijo que no tuvo. “Benedetti” como llamaba a su padre, era un santafesino gentil, con bien llevados setenta años, médico igual que su hijo, pero ya jubilado. Un verdadero amante de las sierras cordobesas en las que había vacacionado en vida de su esposa, siempre variando los destinos, entre Alta Gracia, Ascochinga o Saldán, Cosquín, La Falda, La Cumbre y Cuchi Corral, cerca de Río Cuarto, populosa y rica ciudad del Sur cordobés.
El fin de la licencia de Pablo imponía el retorno a su labor en el Dispensario. Quien lo suplantaba no podía quedarse más días y así ocurrió. Un plácido atardecer de marzo, cargado su automóvil con cosas que no había ni siquiera desembalado, se despidió de Florentina y de su padre. Verlos juntos, tan iguales y tan distintos a la vez, lo emocionó. No se le hubiese cruzado jamás por su mente que regresaría solo. Su padre no lo acompañó. Villa Isabel era un paraíso para dos.


2012

*CONICET:Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Técnicas

sábado, junio 08, 2013

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Una tormenta sin igual, propia del verano, se desató en la ciudad. Ignacio se refugió en una Librería y compró un libro para pasar el tiempo. Casualmente, una joven que había entrado empapada después de él adquirió el mismo. Cuando el vendedor lo advirtió, ya fue tarde: Ambos se sonreían ante la coincidencia. Esperaron que la lluvia amainara y Cissa fue la primera en partir presurosa rumbo a la estación del Ferrocarril. Debía tomar el tren de las 7 de la tarde si quería llegar a casa con luz solar y así poder admirar el atardecer desde la costanera que bordeaba el ancho río, a unos quinientos metros de su destino.
El viaje en tren era su forma predilecta de viajar. La lectura de cuentos de amor, también. Las huellas de la tormenta de horas atrás se dibujaban en el campo luminoso. Mirándolas, se durmió. El libro que acababa de comprar se resbaló de su falda. Nunca más lo encontró. 
El ronronear de los truenos y la sorpresa de los relámpagos, junto con la bocina del tren anunciando su próxima parada, la sobresaltó. Descendió presurosa mezclándose con el gentío diario. Cuando ya se disponía a cruzar la gran avenida que la conectaría con la costanera fresca y perfumada, la voz de un hombre la detuvo. Era aquél quien horas antes había comprado igual libro que ella. Extendiendo su mano se lo entregó, explicándole que era ése el que ella había perdido en el tren y saludándola con afecto, se marchó. Perpleja, Cissa continuó su camino. Ya en su casa concluyó su rutina diaria y al disponerse a descansar, el viento, anunciante de una nueva tormenta abrió con fuerza la ventana de su dormitorio haciendo volar las glamorosas cortinas. Tras ellas, el libro rescatado al que no había hojeado todavía y que esperaba sobre la mesa de noche, pero que la fuerza natural arrastró y depositó sobre la alfombra a los pies de la cama. Al recogerlo, la joven descubrió un trozo de papel que rezaba: “Éste es mi libro. No leo cuentos de amor. Lo había comprado para una persona que creí, lo merecía, pero no es así. Ahora es tuyo.”
Cissa se acostó abrazada al libro, apretando muy fuerte en su mano derecha, la esquela que, además contenía un número de teléfono.

2013

sábado, junio 01, 2013

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Las tertulias en casa de los Del Pino eran monótonas. Rafael tocaba la misma melodía en el destartalado clavicordio y su hermana Magdalena, el arpa, por cuyos sonidos su madre sentía devoción. Los más jóvenes se divertían jugando a los naipes y haciéndose alguna broma. A las seis de la tarde, más en invierno, era norma, regresar cada uno a su casa. A veces se servía el chocolate caliente con bollos de anís que la esclava Clementina preparaba con dedicado esmero y que la dueña de casa ofrecía gentilmente. María Elena siempre bordaba su ajuar en espera del ansiado novio que algún día  llegaría de Londres.
Manuela Cuenca y Trillo se aburría. Tendría unos dieciséis años y si bien ya estaba en edad de merecer se oponía a los “convenientes” pretendientes que su padre le buscaba y conseguía. “Vas a tener que decidirte hijita, si no el que va a elegir seré yo” le rumiaba en sus oídos, cuando ella se retiraba a sus aposentos despreciando a comerciantes, militares o hacendados que su progenitor invitaba a cenar con el directo fin de casar a su hija. A Manuela no le gustaban las tertulias en casa de sus primos y con Magdalena tenían un roce especial e innato: ambas no se soportaban. Sin embargo, en aquellos años de comienzos de 1800, en el Virreinato del Río de la Plata, ésas eran las costumbres y había que respetarlas en la vanguardista ciudad de Buenos Aires. Buscando un interesado equilibrio, Manuela cumplía con ahínco otra de las costumbres de la época: asistir a misa. Marchaba diariamente a la misa de 11 de la mañana que Fray Cecilio Loyola daba en un latín sonoro e incomprensible en la Iglesia de San Nicolás de Bari, donde funcionaba el Convento de las monjas Capuchinas. Llevaba flores blancas del huerto de su casa y no faltaba nunca, aunque lloviese. Su madre, una criolla de estirpe, le rezongaba antes de salir en uno de esos días de llovizna porteña: “Después no te quejes si el barro te ensucia el vestido” y de paso comentaba con su esposo: “Me parece que esta hija nuestra va a terminar haciéndose monja, va tanto a las capuchinas” comentario que el Gral. Cuenca no aceptaba con agrado. Él tenía otros planes para Manuela. Sin embargo, ella había elaborado los suyos, muy distantes de ingresar a una orden religiosa. Bernardo, un mulato hijo de un negro esclavo traído del Brasil y de una española arrojada de su hogar y abandonada en el campo, la acompañaba todos los días a misa por estricta disposición del General. Porque no podía siquiera imaginarse que una señorita anduviese sola. Debía llegar a la casa de Dios custodiada o acompañada de su madre, hermanas u otros parientes. Para entonces, Manuela había trabado amistad con una prima de la esposa del joven y apuesto abogado, Mariano Moreno, llegados unos meses antes de Chuquisaca, ciudad del Alto Perú. Con Consuelo Arteaga, se encontraban en los bancos parroquiales y entre sonrisas y murmullos se encomendaban a la virgen y aprovechaban el rito religioso para hablar de sus amores imposibles. Para el caso que se presentara algún problema, ambas serían testigo de cargo recíprocamente. Picardías de la juventud que, antes que las ideas revolucionarias, indicaban el comienzo de una rebelión en el corazón mismo de la sociedad. Desde pequeña, cuando en el polvoriento patio de atrás de la casa jugaba con sus primos y algún invitado al “gallito ciego”, Manuela, había puesto sus ojos en un morenito que los espiaba desde arriba de un corpulento y tupido sauce.
La historia de sus padres habría de repetirse en la vida de Bernardo. Tuvo la desgracia de enamorarse de Manuela sin sospechar que ella ya lo estaba de él desde niños. Sus idas y venidas a misa eran los momentos en que estaban juntos. También en el huerto, pero el lugar era más peligroso, a pesar de que ambos habían experimentado allí su primer beso. Cuando Manuela descendía del carruaje, se apretaban fuertemente las manos en señal de amor recíproco. Ella le había regalado un pañuelo suyo y él unas semillas rojas, brasileras que la joven guardaba celosamente. Ésa era la razón por la que Manuela Cuenca y Trillo no gustaba de las tertulias ni de la actividad social. Para ella, escuchar la pianola o los recitados eran horas perdidas. Su difícil mundo tenía un nombre que bien sabía no podría pronunciar jamás en el seno de su familia. Eran, otros tiempos, otras horas. . .
La rebeldía, fue simiente en la sociedad porteña, no sólo de  importantes movimientos que hicieron trastabillar el orden institucional impuesto por España, sino también, de grandes amores.

2011

Versión 2013


No te duermas sin un cuento. . .by Zuni Moreno. Con la tecnología de Blogger.

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Mi Propósito


La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

Reconocimiento II


Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

Barcos de Quinquela Martín

De QM

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Reconocimiento I


Todas las pinturas que acompañan las entradas de "No te duermas sin un cuento" pertenecen a uno de los artistas rusos contemporáneos más admirado: Vladimir Volegov.

Este pintor nos acompañará durante el año 2016.

Mujeres de Volegov

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No te duermas. . .

Candela por la Paz

Candela por la Paz

Quien escribe

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Conjunción


Las fotografías que ilustran este Blog, son de mi cámara.

Los cuentos y poemas, de mi pluma.


Capturando la vida

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"He mirado las rosas y me he acordado de ti"

Juan Ramón Jiménez,

escritor y poeta español, (1881-1958)


Rosas, rosas

Rosas, rosas
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Poemas en flor


Este Blog trae al lector también poemas y, como un árbol en flor, supone la siembra y anuncia la cosecha, mientras se deshoja la vida.

Escribiendo con el pensamiento desde el alma

Pintando la vida

Antigua como la humanidad misma, la Pintura, responde a un impulso innato en el hombre de comunicación.

Recogiendo los frutos

Recogiendo los frutos
Tres de mis poemas y un cuento obtuvieron el 17-11-2012, el 3er. Premio en el Concurso Internacional,"Elegidos 2012" organizado por El Instituto Cultural Latinoamericano, de Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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IBSN: 09-06-2010-14

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