sábado, 15 de junio de 2013

Villa Isabel


Cruz de Caña, Córdoba, Argentina 

A sus sesenta y ocho años, Doña Florentina era guapa y fuerte. Su tez trigueña descubría sus ancestros y aliviaba sus arrugas. Vivía en el viejo casco de lo que otrora fuese una estancia serrana: Villa Isabel, emplazada en las últimas estribaciones de las Sierras Grandes, en un paraje llamado Cruz de Caña. De ese lugar se decía que en épocas pasadas, hubo una posta a la que un día llegó, moribundo, un soldado del General Bustos dejando allí su osamenta para siempre. En su recuerdo, sus iguales clavaron una cruz sobre su tumba de piedras bola, hecha con cañas que trajeron del río próximo y que ataron con tientos de cuero de cabra.

Luego de la división de la tierra que hicieron los supuestos herederos del propietario, en los últimos años, a Florentina le quedaron algunas vacas, dos toros, unas cuantas ovejas, y gallinas y cabritos por doquier. A ella, le encantaban las flores y las cultivaba en viejos macetones de barro cocido, similares a los españoles de la colonia. Éstos, el pequeño jardín del frente diseñado por un jardinero francés y hermosas farolas de hierro forjado recordaban tiempos de esplendor. Era hija extramatrimonial de quien fuera el propietario de Villa Isabel. Florentina contaba con el papeleo necesario para demostrar su “animus domini” en legal forma, ya que el testamento ológrafo que dejara su padre se abrió por su expresa voluntad ante un afamado Escribano de la ciudad capital. No habría de desampararla y su mejor forma de hacerlo fue la de dejarle la estancia en la que había nacido, por entonces, quince años atrás. A poco de la partida del patrón, Florentina se casó con el capataz de la hacienda pero no tuvieron hijos, por un defecto genético del hombre, dijeron las voces murmurantes del lugar. Su compañero de vida la había acompañado por treinta años y ahora hacía más de veinte que estaba sola. Mucho tiempo.

Una mañana de incipiente verano llegó a la estancia, una camioneta negra 4x4 con varios hombres jóvenes, pertrechados como para escalar la montaña quienes pertenecían, en su calidad de investigadores, al CONICET*. Traían el permiso correspondiente para llegar al lugar de abordaje de sus labores, ingresando por Villa Isabel. Apenas llegados, uno de ellos tuvo la mala suerte de deslizar un pie por el hueco de un viejo guarda-ganado en desuso, quedando su rodilla atascada en él. Fue necesario cortar los barrotes para que el investigador pudiese sacar su pierna. Por consejo del joven médico del Dispensario del lugar no hubo más remedio que dejarlo haciendo reposo en la estancia, al cuidado de Florentina. El proceso de desinflamación de la rodilla, llevó su tiempo. El médico llegaba por la Isabel como abreviaban los paisanos, dos veces por semana. Luego del control, Florentina lo invitaba con unos mates y pan casero y aprovechaba para conversar con el joven. El accidentado mejoró y partió antes que sus compañeros rumbo a la capital. Los demás permanecieron en su tienda de campaña poco más de un mes. Pablo continuó visitando a Florentina en sus días de franco y poco a poco se fueron haciendo amigos hasta contarse buena parte de sus vidas. “Cuando haga cabrito al horno de barro, me manda a avisar, Doña Florentina” era la frase de despedida de Pablo. Tenía 33 años y una vida por delante para hacer todo aquello que aspiraba dentro y fuera de su profesión. Una tarde de fines de febrero, llegó en su desvencijado automóvil y le pidió permiso a la mujer para pasar una semana en su carpa, a orillas del arroyo que, a unos 300 metros de la casa, atravesaba la estancia. Serían dos personas las que vacacionarían.

Grande fue la sorpresa de Florentina quien de antemano había atribuido un sexo diferente al acompañante, cuando, llegado el día vio bajar del coche al médico y otro hombre mayor, con gorra gris y bombacha bataraza: Un gringo bien plantado de cachetes rojos y poco pelo. Era el padre de Pablo. Al conocerlo, tras la presentación, no pudo menos que ofrecerles alojarse en su casa en calidad de huéspedes. “Cómo vas a llevar a tu padre a una carpa, Doctor” expresó la dueña de casa por poco ofendida con el médico. Cabrito al horno de por medio, la carpa y demás bártulos de Pablo fueron a parar al galpón donde se guardan las herramientas de campo, a excepción de la ropa y los libros, claro está. Los tres habrían de pasar una semana inolvidable. Las amenas tertulias, los paseos a caballo, el aire puro de la montaña y el cielo celeste del lugar, configuraban una especie de paraíso en la tierra para Florentina. Su vida había girado 180 grados. Durante el tiempo que amenizaba con Pablo, aprendió a conocerlo y a tratarlo casi como al hijo que no tuvo. “Benedetti” como llamaba a su padre, era un santafesino gentil, con bien llevados setenta años, médico igual que su hijo, pero ya jubilado. Un verdadero amante de las sierras cordobesas en las que había vacacionado en vida de su esposa, siempre variando los destinos, entre Alta Gracia, Ascochinga o Saldán, Cosquín, La Falda, La Cumbre y Cuchi Corral, cerca de Río Cuarto, populosa y rica ciudad del Sur cordobés.
El fin de la licencia de Pablo imponía el retorno a su labor en el Dispensario. Quien lo suplantaba no podía quedarse más días y así ocurrió. Un plácido atardecer de marzo, cargado su automóvil con cosas que no había ni siquiera desembalado, se despidió de Florentina y de su padre. Verlos juntos, tan iguales y tan distintos a la vez, lo emocionó. No se le hubiese cruzado jamás por su mente que regresaría solo. Su padre no lo acompañó. Villa Isabel era un paraíso para dos.

2012

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*CONICET:Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Técnicas

sábado, 8 de junio de 2013

Tormentas




Una tormenta sin igual, propia del verano, se desató en la ciudad. Ignacio se refugió en una Librería y compró un libro para pasar el tiempo. Casualmente, una joven que había entrado empapada después de él adquirió el mismo. Cuando el vendedor lo advirtió, ya fue tarde: Ambos se sonreían ante la coincidencia. Esperaron que la lluvia amainara y Cissa fue la primera en partir presurosa rumbo a la estación del Ferrocarril. Debía tomar el tren de las 7 de la tarde si quería llegar a casa con luz solar y así poder admirar el atardecer desde la costanera que bordeaba el ancho río, a unos quinientos metros de su destino.
El viaje en tren era su forma predilecta de viajar. La lectura de cuentos de amor, también. Las huellas de la tormenta de horas atrás se dibujaban en el campo luminoso. Mirándolas, se durmió. El libro que acababa de comprar se resbaló de su falda. Nunca más lo encontró. 
El ronronear de los truenos y la sorpresa de los relámpagos, junto con la bocina del tren anunciando su próxima parada, la sobresaltó. Descendió presurosa mezclándose con el gentío diario. Cuando ya se disponía a cruzar la gran avenida que la conectaría con la costanera fresca y perfumada, la voz de un hombre la detuvo. Era aquél quien horas antes había comprado igual libro que ella. Extendiendo su mano se lo entregó, explicándole que era ése el que ella había perdido en el tren y saludándola con afecto, se marchó. Perpleja, Cissa continuó su camino. Ya en su casa concluyó su rutina diaria y al disponerse a descansar, el viento, anunciante de una nueva tormenta abrió con fuerza la ventana de su dormitorio haciendo volar las glamorosas cortinas. Tras ellas, el libro rescatado al que no había hojeado todavía y que esperaba sobre la mesa de noche, pero que la fuerza natural arrastró y depositó sobre la alfombra a los pies de la cama. Al recogerlo, la joven descubrió un trozo de papel que rezaba: “Éste es mi libro. No leo cuentos de amor. Lo había comprado para una persona que creí, lo merecía, pero no es así. Ahora es tuyo.”
Cissa se acostó abrazada al libro, apretando muy fuerte en su mano derecha, la esquela que, además contenía un número de teléfono.
2013

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sábado, 1 de junio de 2013

Otras Horas



De Pedro Subercaseaux


Las tertulias en casa de los Del Pino eran monótonas. Rafael tocaba la misma melodía en el destartalado clavicordio y su hermana Magdalena, el arpa, por cuyos sonidos su madre sentía devoción. Los más jóvenes se divertían jugando a los naipes y haciéndose alguna broma. A las seis de la tarde, más en invierno, era norma, regresar cada uno a su casa. A veces se servía el chocolate caliente con bollos de anís que la esclava Clementina preparaba con dedicado esmero y que la dueña de casa ofrecía gentilmente. María Elena siempre bordaba su ajuar en espera del ansiado novio que algún día  llegaría de Londres.

Manuela Cuenca y Trillo se aburría. Tendría unos dieciséis años y si bien ya estaba en edad de merecer se oponía a los “convenientes” pretendientes que su padre le buscaba y conseguía. “Vas a tener que decidirte hijita, si no el que va a elegir seré yo” le rumiaba en sus oídos, cuando ella se retiraba a sus aposentos despreciando a comerciantes, militares o hacendados que su progenitor invitaba a cenar con el directo fin de casar a su hija. A Manuela no le gustaban las tertulias en casa de sus primos y con Magdalena tenían un roce especial e innato: ambas no se soportaban. Sin embargo, en aquellos años de comienzos de 1800, en el Virreinato del Río de la Plata, ésas eran las costumbres y había que respetarlas en la vanguardista ciudad de Buenos Aires. Buscando un interesado equilibrio, Manuela cumplía con ahínco otra de las costumbres de la época: asistir a misa. Marchaba diariamente a la misa de 11 de la mañana que Fray Cecilio Loyola daba en un latín sonoro e incomprensible en la Iglesia de San Nicolás de Bari, donde funcionaba el Convento de las monjas Capuchinas. Llevaba flores blancas del huerto de su casa y no faltaba nunca, aunque lloviese. Su madre, una criolla de estirpe, le rezongaba antes de salir en uno de esos días de llovizna porteña: “Después no te quejes si el barro te ensucia el vestido” y de paso comentaba con su esposo: “Me parece que esta hija nuestra va a terminar haciéndose monja, va tanto a las capuchinas” comentario que el Gral. Cuenca no aceptaba con agrado. Él tenía otros planes para Manuela. Sin embargo, ella había elaborado los suyos, muy distantes de ingresar a una orden religiosa. Bernardo, un mulato hijo de un negro esclavo traído del Brasil y de una española arrojada de su hogar y abandonada en el campo, la acompañaba todos los días a misa por estricta disposición del General. Porque no podía siquiera imaginarse que una señorita anduviese sola. Debía llegar a la casa de Dios custodiada o acompañada de su madre, hermanas u otros parientes. Para entonces, Manuela había trabado amistad con una prima de la esposa del joven y apuesto abogado, Mariano Moreno, llegados unos meses antes de Chuquisaca, ciudad del Alto Perú. Con Consuelo Arteaga, se encontraban en los bancos parroquiales y entre sonrisas y murmullos se encomendaban a la virgen y aprovechaban el rito religioso para hablar de sus amores imposibles. Para el caso que se presentara algún problema, ambas serían testigo de cargo recíprocamente. Picardías de la juventud que, antes que las ideas revolucionarias, indicaban el comienzo de una rebelión en el corazón mismo de la sociedad. Desde pequeña, cuando en el polvoriento patio de atrás de la casa jugaba con sus primos y algún invitado al “gallito ciego”, Manuela, había puesto sus ojos en un morenito que los espiaba desde arriba de un corpulento y tupido sauce.

La historia de sus padres habría de repetirse en la vida de Bernardo. Tuvo la desgracia de enamorarse de Manuela sin sospechar que ella ya lo estaba de él desde niños. Sus idas y venidas a misa eran los momentos en que estaban juntos. También en el huerto, pero el lugar era más peligroso, a pesar de que ambos habían experimentado allí su primer beso. Cuando Manuela descendía del carruaje, se apretaban fuertemente las manos en señal de amor recíproco. Ella le había regalado un pañuelo suyo y él unas semillas rojas, brasileras que la joven guardaba celosamente. Ésa era la razón por la que Manuela Cuenca y Trillo no gustaba de las tertulias ni de la actividad social. Para ella, escuchar la pianola o los recitados eran horas perdidas. Su difícil mundo tenía un nombre que bien sabía no podría pronunciar jamás en el seno de su familia. Eran, otros tiempos, otras horas. . .

La rebeldía, fue simiente en la sociedad porteña, no sólo de  importantes movimientos que hicieron trastabillar el orden institucional impuesto por España, sino también, de grandes amores.


2011

Versión 2013

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sábado, 25 de mayo de 2013

Amores de otros tiempos




Homenaje al día del Nacimiento de nuestra Patria
25 de Mayo de 1810


María del Carmen Ortiz estaba empecinada en vestirse de varón a escondidas de sus padres y a entremezclarse en la semi penumbra del sótano del Café de Marco, tan próximo de la Plaza  y del Cabildo, allí, justamente donde se reunían los morenistas. Más allá de las ideas iluminadas que les impulsaban y de conocer muy bien a varios de los parroquianos que frecuentaban el lugar con fines políticos, la joven tenía otro objetivo completamente distinto. “Es una locura a todas luces”, le había advertido Enriqueta, su hermana. Sin embargo, estaba perdidamente enamorada y decidida a entablar conversación con Antonio Luis Beruti, ese porteño maduro y “chispero”, que había tenido una destacada actuación en la semana previa al 25 de mayo, junto con Domingo French y otros activistas.

Francisquito, el hermano mayor de María del Carmen, comentaba siempre en la sobremesa las hazañas de sus amigos y, bien se ocupaba de resaltar la figura de Beruti como co-fundador del grupo “Los Chisperos” que movilizaron a tanta gente para el Cabildo abierto del 25 de mayo. Su padre, comerciante de origen español, si bien nacido en el Alto Perú, se quejaba de estos jóvenes, quienes según él, no iban a terminar nada bien. “Usted dice eso porque es saavedrista, padre” se animaba tibiamente a replicar Francisco, por ser el primer varón de la descendencia.

Para colmo, otros amigos de su hermano, eran también chisperos reflexionaba María del Carmen, mientras planeaba su fuga vespertina.
Su casa quedaba a pocas cuadras del Café de Marco, el trayecto sería rápido, siempre y cuando no lloviese, porque en ese caso las calles se anegarían y, entonces, sería muy difícil trasladarse. “Piénsalo bien, Maricarmen, es muy peligroso, ya sabes que nuestro padre no cuadra con esos jóvenes. No quiero pensar lo que pasaría si se enterase o alguien te descubriese” renegaba Enriqueta. Sin embargo, María del Carmen, estaba subyugada por el arrojo de Beruti.
Francisquito le había relatado una y otra vez, los hechos en los que había tenido fundamental participación su amigo, como cuando, durante la semana anterior al 25, se pretendió formar una Junta  de Gobierno integrada por algunos criollos, pero presidida por el Virrey Cisneros, propuesta a la que Beruti se opuso terminantemente, logrando su  rechazo generalizado.
Beruti había declamado: "Una Junta presidida por Cisneros es lo mismo que Cisneros Virrey".
Después de los episodios de mayo y aún luego de la muerte, meses más tarde de su líder, Mariano Moreno, continuó militando activamente en la Sociedad Patriótica que se oponía a Saavedra.

Por su parte, María del Carmen  había invertido más de un año en preparar minuciosamente su plan, mientras alimentaba su amor individual, ya que Beruti, supuestamente, nada sabía de él.

Precisamente, cuando todo estaba presto para concretar su alocada idea y tomar contacto con su revolucionario amado, los resultados de  la pueblada del 5 y 6 de abril de 1811, dieron por derrotados a los partidarios de Moreno y así,  su amor imposible, junto con otros morenistas fueron expulsados de Buenos Aires.

María del Carmen no lo podía creer, no encontraba consuelo y sólo con sus hermanos, Enriqueta y Francisco lograba ahogar su pena. Sumida en una desconocida tristeza dejó de quedarse en las sobremesas  familiares y de participar en las tertulias de la familia en las que consumía su tiempo social. Sus padres, preocupados, la enviaron a Mendoza donde vivían unos tíos, para que el aire seco del desierto la “curase”.

Si bien, en esa época de procesos de cambio turbulentos,  Antonio Luis Beruti, no disponía de tiempo para el amor, llegó a enterarse no obstante, del  profesado en secreto por María del Carmen Ortiz.
Una infidencia del hermano de la joven, dicha al oído  en una de las reuniones activistas, producto de la admiración que Francisco Ortiz, se lo había revelado. Entonces, Beruti en gesto de agradecimiento ante tamaño elogio, le envió a María del Carmen, unas  cintillas de aquellas repartidas entre criollos y españoles simpatizantes,  aquel brumoso 25 de mayo de 1810.

Desgraciadamente, éstas, nunca llegaron a manos de la joven.
Francisquito, un poco excedido en copas, las perdió en el camino de regreso a casa y su tremenda culpa hizo que María del Carmen nunca se enterase del gesto de su amado. Fue mejor así.

2012
Versión 2013

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Fuentes:

sábado, 18 de mayo de 2013

En Mayo y Junio: Cuentos de amor


Como hojas al viento de un otoño que comienza su retirada en el Sur, o de una primavera que lenta va llegando en el Norte, a partir del próximo 25 de Mayo y hasta terminar Junio, será un gusto para mí compartir con Uds. todos los sábados cuentos románticos en el intento de halagar vuestra alma.


Gracias, amigos por abrir vuestra ventana.



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sábado, 20 de abril de 2013

Tiempos. . .




A todos:

Queridos compañeros razones de familia me alejarán por un tiempo de la publicación de entradas, las que iré retomando a medida que los problemas desaparezcan o disminuyan. Gracias por leer esta nota y si es posible por esperarme.
Un abrazo
ZMoreno



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sábado, 13 de abril de 2013

Descubriéndose


Esa mañana, pasaba caminando rápidamente por el frente de aquella librería,  cuando alcanzó a escuchar una voz femenina que lo llamaba Se detuvo. Era una empleada del local comercial, quien le informó: “Señor, ayer estuvo Usted comprando un libro de Metafísica y olvidó su billetera, aquí la tiene” dijo, extendiendo su mano, para entregársela. “Que distraído soy”, comentó y agradeciendo su gesto, continuó viaje. Llegó al Bar donde debía encontrarse con un amigo. Luego de la charla, cuando se dispuso a pagar, notó con sorpresa que tenía dos billeteras. Abrió la que no le pertenecía y vio su fotografía asomando de uno de sus compartimentos. Seguramente, esa foto habría inducido a la empleada a pensar que el comprador distraído había sido él. Hurgó ansioso en su interior, y descubrió una tarjeta con nombre, apellido, domicilio y teléfono. Desde su celular llamó al número indicado y concertó una cita con el dueño de la billetera, quien accidentalmente había estado, al igual que él, el mismo día en la misma librería.  Tenía que haber una explicación. La hubo.
A sus cuarenta y tres años descubrió que tenía un hermano gemelo.

2011
Versión 2013
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sábado, 6 de abril de 2013

De eso no se habla




“Pensar que yo lo veía venir. . .”  murmuró Don Prudencio Bustos en el Bar del pueblo. No era cosa de suponer así como así, por cualquiera, claro. Se requería conocimiento, ilustración y una chispa de ingenio para avizorarlo. “Tanto va el cántaro a la fuente. . .”, repetía.
Su reflexión, era de hecho, sorprendente, ya que nadie fue capaz de pensar en aquello que él mismo sugería.
El revuelo que había causado esa última inspección y después, la muerte del hijo del Intendente, reducida a un “De eso no se habla”, amordazaron las dudas sobre aquella enfermedad que se llevó con ella al futuro abogado del pueblo.
El arribo del Ingeniero de mejillas rosadas y ensortijado pelo rubio venido de la gran ciudad, con su camioneta roja, reestableció los comentarios.  Mientras buscaba peones para la obra, el mismo pensaba: “Estos viejos bichos del campo tienen un sexto sentido, no sé porqué me miran y murmuran. . .”
Pululaban los chismes y comentarios sobre lo que había descubierto Don Prudencio en aquél pueblo chico, de polvorientas calles y casas antiguas, olvidadas de progreso y detenidas en ese tiempo glorioso, allá, en la época en que  el ferrocarril fue todo un acontecimiento. Sin embargo, regía en el lugar el Secreto de Estado y nunca (el Ingeniero) pudo enterarse, ni siquiera cuando lo visitó el viejo médico a raíz de esa fiebre altísima que lo volteó a la cama  y lo desmayó en la obra. Menos, cuando una especie de gripe casi lo mata a no ser por las curas santas y el reposo que se vio obligado a hacer por orden de Celia, la mujer del almacenero.
Después de seis meses, delgado y pálido, casi al fin de su contrato, le quedaba poco tiempo al foráneo para terminar la obra y marcharse del lugar. En las ocasiones en las que, con su trípode al hombro y su teodolito en la mano, preguntaba por la comidilla murmurante, sus peones, achicaban los ojos negros desconfiadamente y se le escapaban del tema.
Llegó el día en que el Ingeniero cobró coraje y con una valentía desconocida, arrinconó al Capataz, el más lúcido, entre sus peones y le requirió: 
- Che, Darío, ¿vos sabés qué murmuran en el pueblo sobre mí?
- No Don Ingeniero, la pura verdad, no lo sé. . ., respondió el hombre.
- No sé, pero algo hablan, porque cuando me acerco, se callan, agregó.
Ese día, el “gringo” como lo llamaban, se marchó  cansado, ojeroso y angustiado.
Sería la última noche que pasaría en el pueblo. Sería la última noche que dormiría en el Lupanar de Madame Lavapeur, casi sin clientes desde la última clausura.
2012
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sábado, 30 de marzo de 2013

¿Casual?



Pepi Soler había llegado a la edad en que la mujer luce espléndida: 45 años. El amor había intentado entrar en su vida varias veces, pero ella nunca lo había aceptado con decisión. Vivía si se quiere feliz, con seguridad, independencia y en soledad, concientemente sola. Esa mañana hubo de llegar al Banco Regional, no muy temprano. Hizo la fila como las reglas mandan y se quedó mirando sin ver, con sus pensamientos dormidos. La serpenteante multitud la emparejó con un apuesto joven de unos 30 años, calculó, Pepi.
"¡Qué apuesto es este mocoso!", se dijo y se ruborizó sin saber. De repente sus miradas se encontraron ante un avance de la columna de usuarios y el chisporroteo energético fue casi visible al ojo humano.
Desde ese instante el nerviosismo se apoderó de Ella.
"Pero qué tonta. ¿Qué me pasa?", se preguntó, en el ahora ruidoso mundo de su mente. El muchacho no le quitaba la vista de encima con educada cautela. La fila parecía, ahora, no avanzar. Tan ingenuamente incómoda estaba Pepi, que las tasas e impuestos que traía para pagar, se deslizaron de sus manos y llegaron al lustroso piso de “porcelanato” azul. Ella se apresuró a recoger los papeles y él hizo lo mismo. En un submundo de pies y zapatos sus ojos volvieron a encontrarse y sus manos se rozaron. "¡Ay! Virgen Santa ¿Qué me estás haciendo?", recriminó Pepi a la pobre Inmaculada que ni se había enterado del cruce entre estas dos almas. Atinó a decir:
"Gracias", con voz endulzada y el joven la envolvió en una lánguida y oscura mirada. Por suerte la fila avanzó y el movimiento la llevó prontamente hasta la Caja. Entregó la documentación al Cajero, concluyó el trámite y como si la empujase el mismo Demonio - tampoco nada tenía que ver en el asunto - salió de la Institución Bancaria.
"Un café, se dijo. ¡Necesito un café!" Afortunadamente encontró un Bar próximo y allí recaló. Aliviada de la emoción, se desplomó en la silla, pero con su corazón aún palpitante. Después de ser atendida y cuando se llevaba a la boca sensual, la bonita taza de loza cilíndrica, en el primer sorbo, levantó su mirada y lo vio entrar. El joven se sentó cerca y ubicó su Netbook sobre la mesa, enfrentado con Ella. Pepi se sintió incómoda, pero vacilante.
"Pero si es un joven estudiante, predijo".  Debe tener 30 o 32 años. No más. Tal vez, ya esté recibido sugirió su pensamiento retenido en el adentro.
 "¡Dios mío!" Estoy embobada con este mocoso y no puedo pensar claramente. Una mezcla de emociones no identificadas la mantuvo alerta. En cada sorbo de café los ojos de ambos se encontraban. Se apuró, llamó a la camarera y pagó. Al levantarse, trató de retirar su tapado rojo que se encajó en la silla y al hacerlo su bolso de mano irremediablemente, cayó. El hecho fue excusa determinante para que aquel joven se levantara presto y rápidamente lo recogiera y entregara en manos propias de Pepi.
_Bueno, gracias, no se hubiese molestado murmuró con voz temblorosa, respondiendo al gesto del muchacho. De inmediato, Él contestó:
_De nada, no fue ninguna molestia, al contrario y agregó solemne: Hoy Srta. se le han caído sus pertenencias dos veces y yo he estado cerca ¿Cree Ud. en el destino?
_No sé a qué viene eso, replicó Pepi, tratando con su respiración de aquietar su corazón que, al igual que el de una chiquilina marchaba al galope.
_Fue simplemente una casualidad, agregó. El extraño la miró tiernamente y cambiado el giro de la conversación, preguntó:
_ ¿Acostumbra a venir seguido a este Bar?
_ A menudo, mintió Ella, mientras recorría discretamente, el fuerte cuerpo de su interlocutor.
_ Entonces, nos veremos... aportó el joven.
_Claro, contestó Pepi, desconociéndose a sí misma.
_ ¿Mañana? Se atrevió Él, con mirada implorante.
_OK, dijo Pepi, con audacia desmesurada por tratarse de tan casual encuentro.
_ Mañana a esta misma hora, ¿ Srta. ...?
_ De acuerdo, hasta mañana respondió, evadiendo la respuesta en su última parte y se fue apresurada del lugar, con firmeza. Él se la quedó mirando.
Las edades no constituyeron traba alguna, ni para uno, ni para el otro. Cuando dos almas se reconocen, se encuentran, se unen, no importa el afuera, esa realidad plasmada por nuestra forma de pensar. No interesa si sus cuerpos son morenos o blancos, altos o bajos, jóvenes o maduros. El amor que las une no discrimina. El entramado universal los había reunido. Pepi se dirigió a su casa con paso seguro, sin que el helado viento de agosto, le hiciera mella en su pálido rostro.
2010

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sábado, 23 de marzo de 2013

Otra mirada





_ ¿Te parece? preguntó Rogelio con voz cansada. Es una oportunidad que no vale la pena desaprovechar. El abogado dijo que no me cobra la consulta.
_Cierto, contestó ella, mientras continuaba leyendo el diario de la mañana en aquel bar.
Una conversación lacónica hablaba, valga la redundancia, de un desinterés mutuo aparentemente reconocido por ambos.
_ ¿Me voy, entonces? Preguntó el esposo.
_ Claro,  afirmó la mujer.
Un frío helado, hiriente, corrió por su cuerpo al irse el hombre.
El tiempo transcurría sin medida. La jarra de loza que aún contenía un poco de café, saltó por el aire a causa del respingo que le produjo un fuerte ruido proveniente de la calle que se asemejaba bastante a una explosión.
_ ¡Dios Mío! Se dijo.
Rápidamente tomó el teléfono móvil y marcó un número, secándose el líquido oscuro derramado en su impermeable claro.
El camarero se acercó, comentándole que algo había ocurrido en la calle, pero ella no lo escuchó.
_ Hola, contestaron del otro lado.
_ Hola, soy yo, la Sra. de. . .
_Sí, ya se quién es, Señora, dijo una voz masculina, con insinuante atención.
_ ¿Lo hicieron? ¡Quiero suspenderlo! Expresó desesperada la mujer.
_ ¿Para eso me habla?  Pero, con esto no se juega Señora, replicó del otro lado, el hombre con tono de indignación.
_ ¡Suspéndalo! ¡No lo haga!, repitió la mujer desesperada, aumentando cada vez más el timbre de su voz, logrando que el mozo, desde la barra del Bar, la miraba con extrañeza.
 Bajó los decibeles y agregó:
_Todo queda igual por mi parte ¿Tiene el número? Interrogó  la mujer, mientras veía caer tras el ventanal rectangular del bar, la llovizna persistente.
_Sí Señora, me lo dio ayer, contestó con voz más aplacada su interlocutor, según le pareció.
_Suficiente, ordenó la mujer. Ya no quería saber más nada con lo planeado. Nunca se animaría, eran sueños de mujer que necesita afirmarse en ese momento, cuando su  vida daba vuelta la esquina.
_Bueno, suspendo, pero a su cargo, mire que es la tercera vez, contestó la voz varonil del otro lado, francamente molesta.

La “garúa” suave, humedecía la calle empedrada y un festival de colores irrumpía en las veredas con el abrir de los paraguas. El mozo que no había querido molestar a la mujer y sólo había recogido la taza rota, se acercó, preguntando:
_ ¿Otro café Señora?
_Sí, por favor, gracias, agradeció, la mujer.

En segundos desfilaron ante los invisibles ojos de su acongojada alma, los momentos pasados en su unión con Rogelio, sin hijos, mediante.
Estaba destemplada, temerosa, ¿arrepentida? Ni ella misma podía dar respuesta a su afligente pregunta. Sus ojos claros se nublaron al ver la figura de Rogelio recortada en la puerta del Bar, sacudiendo su paraguas negro.

_Me arrepentí dijo, lo dejamos para otra vez ¿Te parece? La acostumbrada pregunta de su esposo con fines de confirmación, estalló con alegría en sus oídos.
Se le escapó un “Yo también” en voz alta, que sorprendió a su esposo.
_ ¿Te arrepentiste de qué? Preguntó entonces, Rogelio.
_De nada, de nada, querido, lo dije sin pensar y arremetió.
_ ¿Por qué te volviste? Requirió ella tímidamente.
_Y,… empezó a llover y me demoré con el accidente de la esquina ¿Escuchaste algo? Fue más ruido que otra cosa, pero me salvé por un pelo, casi cruzaba la calle. Luego me quedé mirando. La gente se amontonó. Parece que algunos disfrutan si ven un accidente, explicó el hombre.
_ ¿Me acompañás con un café, Rogelio? Le consultó ella, retomando la lectura del diario frente a otra taza humeante. Un silencio habitual,  gris  pero más cálido los unió.  Más tarde, enterados de las noticias del día y, ambos, con una misteriosa y diferente actitud, emprendieron el regreso a casa bajo la calma de un cielo plomizo.
_ ¿Vamos? La invitó él.
_ ¡Vamos! Aceptó ella.
A veces, es suficiente un simple acto que corra el velo que tenemos delante, para comenzar a valorar al otro de distinta manera, pensó Rogelio.
A su vez, ella reflexionó: El temor de la pérdida de alguien a quien creemos no amar nos enfrenta con todo aquello que dejaríamos de tener o disfrutar y remedando la letra del tango, tarareó bajito “Cómo cambia la vida, las cosas. . .”
_ Te noto de mejor humor, comentó el esposo, visiblemente contento y agregó, cuánto hacía que no cantabas. . .

En otro lugar, un hombre elegantemente vestido de pelo gris y aspecto de manejar situaciones, ordenaba a su empleada: Suspenda Emilce,  suspenda la reserva de la Sra. Abregú, creo que aún hay tiempo y rezongó en voz alta:
“¡Ay!  Estas mujeres que quieren viajar solas, sin el marido, y después no se animan. ¿Quién las entiende?”
2011
Corregido 2013

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sábado, 16 de marzo de 2013

Monólogo

Bar Natacha, calle Suipacha, Ciudad autónoma de Buenos Aires, Argentina

Ibas a entrar, estoy convencida, porque reconocí tu paso seguro direccionado hacia la puerta alta, de vidrios gruesos y biselados con adornos de bronce, bien pulidos en sus aldabas. Era la puerta del bar de calle Suipacha, ése, de los encuentros fugaces en tardes de invierno y más duraderos en siestas de verano. Ése, donde las mesas y sillas son de madera negra reluciente y los camareros lucen graciosamente camisa blanca impecable y moño rojo al cuello. Entrabas justamente a ese Café porteño donde el tango está ausente porque las voces de los LCD invaden el ambiente con noticias de futbol o política salvo, cuando de vez en cuando, si un monitor se apaga, puede escucharse a Shakira o a Charly en sus antiguas versiones de rock. Este bar, querido mío, ya no ostenta la media luz de hace veinte años atrás, sino que por el contrario, las dicroicas hieren la vista. Te vi esquivo, te sentí cobarde. Pero. . . ¿Qué estaba pensando? Aparté de mi mente ese pensamiento. Era casi soberbio. ¡Hacía tanto tiempo! Para qué imaginar, suponer, desear cosas,  si seguramente no me reconocerías. Los años pasan y las etapas de la vida se cumplen inexorablemente. En algunas, se ganan kilos y se pierden las sonrisas puras e intrascendentes de la juventud. Además, yo no permitiría que nadie viera una sola cana en mi cabeza que siempre gozó del reconocimiento generalizado por el brillo y el color azabache del pelo y, recién tengo turno el jueves en la peluquería. Repito, te noté esquivo y sólo porque estaba yo en ese bar, oronda frente a mi Notebook escribiendo la lista de tareas del día siguiente o borroneando algún poema o simplemente curioseando en Internet, justo sobre la vidriera que daba sobre la calle transversal, cuyo nombre nunca recordé. Qué pena me diste. Ella queriendo entrar y tú acorralado contra el vidrio forcejeando por volverte sobre tus pasos. En el tire y afloje ganó ella. Se veía una buena mujer: delgada, rubia, arrugada como típica fumadora de años, con la tez opaca por la nicotina, pero parecía buena al fin, y se colgaba de tu brazo tan cariñosamente, que me conmovió. Es curioso cómo las mujeres en ciertas ocasiones nos aunamos, nos entendemos y hasta nos queremos, aunque haya un hombre de por medio.  Y te digo, aunque sé que nunca leerás esto que escribo, nunca. . . De no ser por esa actitud de búsqueda de protección de tu mujer, te hubiese salido al encuentro.
¡ Vamos, te dije con los ojos, vamos! entra, si el tiempo ha pasado. . . o voy a creer acaso, que el tango tiene razón, que: veinte años no es nada. . . Con tu actitud casi me lo creo".
Alcé mi PC móvil y salí presurosa sin rumbo. . .

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Escribiendo con mi pensamiento desde el alma. . .

sábado, 9 de marzo de 2013

El ritual


Este Cuento ha resultado finalista en el I Concurso Internacional de Cuento Breve: “Cada loco con su tema” organizado por el GrupoEditorial Benma S.A. de CV, de la ciudad de México. DF (Junio 2012-Febrero 2013) habiéndose extendido la constancia respectiva.




En cada estertor que la vieja y crónica tos catarral le provocaba, acababan asomando a sus cansados ojos grises,  sendas lágrimas vidriosas, que cuidadosamente secaba con un pañuelo de fina batista. Se calaba entonces las gafas, y continuaba la acostumbrada lectura. Durante su permanencia mensual en la casona, Angélica se apostaba en el marco de la habitación todas las tardes,  casi a la misma hora, para cumplir con su diaria tarea, preguntando: “¿Quiere que le sirva el té, abuela?” Por respuesta, Mercedes siempre formulaba idéntica pregunta: “¿ya es hora?” disponiéndose a beber la taza de humeante Earl Grey que su nieta le acercaba. Disfrutaba la ocasión con soltura y gratitud. A su memoria llegaban repetidos recuerdos vinculados con aquella tarde en que la esposa del embajador chino, le obsequiara ese juego de té con tanto valor emotivo e histórico para ella. Al cabo de unos minutos apoyaba la taza sobre la mesa redonda de caoba, ubicada junto a su sillón hamaca y  se dormitaba unos minutos. Luego,  una hora más tarde, la joven se presentaba nuevamente y comenzaba a peinar sus escasos cabellos grises, perfumándola con colonia de azahar; le cubría sus piernas con una vieja manta inglesa y acercaba el jarabe con llantén que la aliviaba. Así, Mercedes esperaba que la noche invadiera su habitación y se regocijaba contemplando los últimos rayos del sol moribundo en  cada atardecer. Frente al ventanal de aquella casa colonial, la capilla de Nuestra señora del Carmen le provocaba sosiego y recreaba su vista. Llegado el ocaso, el motivo de su lectura poco a poco se iba resbalando de sus manos hasta caer y desparramarse sobre el piso entablonado. Era entonces el momento en que la empleada y la nieta de turno alzaban a la anciana y la llevaban hasta su cama de roble, encendiendo la desvencijada lámpara con caireles de cristal. A Angélica le correspondía recoger las cartas que yacían en el suelo, acomodarlas en la caja forrada con un gastado satén celeste, y aguardar hasta la próxima mañana, cuando muy temprano, el ciclo se reiniciaría. Pasado el mes, sería reemplazada por Sofía, la cuarta de sus hermanas menores, repitiéndose indefinidamente el ritual, fielmente respetado y cumplido, en honor al juramento prestado a su madre en su lecho de muerte, cuando la tuberculosis se la llevó. El tiempo, implacable, establecería el final, sólo cuando la abuela decidiese no leer carta alguna, o cuando abandonase la espera de su apuesto general y se dispusiera a volar hasta el cielo para encontrarse seguramente con él.

2012
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sábado, 2 de marzo de 2013

En la Librería





El joven que atendía la fotocopiadora, tenía los ojos más tiernos que Elena, jamás había visto. Hacía dos meses, desde que se había mudado al barrio, concurría casi diariamente al lugar.
Conforme con sus escasos recursos, se acomodaba para disponer de las fotocopias que le permitirían, salir del paso en el estudio. Era un cotidiano placer reflejarse en la mirada de Juan. Comenzaron hablando de sus pueblos de origen y terminaron entonando juntos un canción rockera y popular, alentados por una cerveza escondida. Sin embargo, un mostrador siempre los separaba. Aquel sábado al mediodía, sin clientes en la librería, Elena asistió igualmente por sus copias. Esperó que se fuera el personal, pagó a Juan el trabajo y comenzó la conversación, esta vez sobre los árboles frutales de la quinta del abuelo del joven. Entre risas y relatos, un movimiento oportuno, motivó la cadenciosa caída de las fotocopias. Se apresuraron a recogerlas y, a pocos centímetros del suelo, sus alientos y miradas se encontraron. Entonces, el entorno desapareció y Juan solo vio la boca húmeda de Elena, la que entreabierta, le recordó esa fruta madura rebosante de miel y aroma que gustaba cortar del duraznero en verano. El beso fue atrapante.
2012

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Escribiendo con mi pensamiento desde el alma. . .

sábado, 23 de febrero de 2013

Observadora


Los veía moverse constantemente. Algunos saltaban, otros gritaban, todos festejaban algo. No advertí motivo especial. Me convencí: festejaban la vida. Mis ojos no lograban distraerse de la escena. Sus actitudes podían pertenecer al aquí y ahora o representar ritos del pasado. Gesticulaban exageradamente, se comunicaban a través del lenguaje oral, pero a tal volumen que las palabras vibraban en el ambiente de modo no inteligible. Sus atuendos, muy coloridos, sugerían una especie de arcoiris en ostensible combinación con el entorno vital. Casi todos tenían las mismas dimensiones. De pronto, se incorporó al grupo, un integrante que llegaba retrasado. Por mi parte, intentaba concentrarme en la lectura del último libro de Haruki Murakami que acababa de comprar y que me había propuesto revisar, mientras bebía un juvenil vaso de café mocha. El resultado: “Negativo”. El recién arribado fue recibido con sonidos eufóricos. Brincaban, se abrazaban, uno se subía sobre la espalda del otro, dejando caer sus bártulos al suelo. ¡En fin!
Pude entender entonces, cómo funcionaban. Sobre sus cabezas levitaba un Ser, o una Mente, suma de las mentes de todos ellos. No eran cada quien. Eran Uno.
Eran las emociones del grupo, vinculando los cuerpos, reviviendo a través de la evolución, situaciones remotas, propias tal vez, de un conjunto de australopithecus*, comunicándose.
Si no fuese porque me encontraba en un bonito Shopping porteño, lo hubiera jurado. Tuve entonces que convencerme: Se trataba simplemente, de adolescentes esperando la hora del contra-turno en algún curso de la Secundaria.
 2013

* Homínido, según algunas opiniones científicas sería el primer eslabón entre el mono y el hombre.

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martes, 19 de febrero de 2013

Viento y secreto

Los ojos de mis nietas adolescentes



Mientras te miro, pienso: ¡Si supieras! . . . Fuiste el dueño de mi amor, aquel  invierno de hace tantos años. Acostumbrados a corretear  por el campo de tu abuela, la amistad con tu hermana me había unido a ti. Recuerdo, y sonrío: Habíamos concluido la primaria y ese año comenzábamos un nuevo ciclo. ¡Por Dios, qué orgullo! Ya nos sentíamos grandes. Ese domingo de invierno, fuimos al campo; ya no corríamos tanto, hacíamos juegos de ingenio y tú trajiste el de magia. Eso sí, a lo que no podíamos sustraernos, era a las escondidas. Precisamente, jugando a ellas fue cuando me robaste el primer beso, en el galpón de las herramientas, mientras tu hermana trataba de encontrar nuestros escondites. Para ti no fue nada, para mí, todo. Te amé en secreto hasta el próximo verano, en el que esperaba verte. Pero, de premio de cumpleaños _trece_ mis padres decidieron llevarme al mar. Y allá, querido mío, mi sentimiento cambió como el viento, así de rápido, como cuando llega el viento del sur y deja la playa desierta.  En ella, conocí a Ricardo y me enamoré de él. No me sentí mal, porque afortunadamente, tú jamás te enteraste de nada.
2012


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