Vacío




Las luces de abajo serpenteaban con la bruma del anochecer. A lo lejos, el puente iluminado sobre el ancho canal, parecía un castillo. La escasa brisa daba un respiro al calor de la tarde que moría. Azucena observaba el paisaje desde su octavo piso, sin poder precisar la longitud que la separaba de la calle, muy transitada a esa hora. Acababa de tomar su dosis de morfina y el pensamiento nublado por la medicación y la enfermedad, no lograba posicionarse en un punto concreto. Rita la observaba de atrás. Una enfermera fiel y especial que la cuidaba. La mujer, otrora anfitriona de deslumbrantes fiestas en su bonito piso, se levantó a tientas del sillón en el que se columpiaba. Apoyada sobre la baranda del florido balcón, miró el vacío, sin dimensionar su profundidad. Se inclinó más aún ante la mirada aprobadora de la enfermera. Ésta, la recordó en los comienzos de su enfermedad, rubia, esbelta, joven aún. Era una crueldad del destino que terminara así. La enferma se irguió y escrudiñó el horizonte repleto de rascacielos de veinte pisos. El edificio donde había vivido desde que se separara de Rogelio, sólo llegaba a once. Volvió a inclinarse apoyada en sus crispadas manos, ahora con más inclinación y fuerza. Justo en el instante en que decidía incorporarse de nuevo, una mano regordeta y fuerte, la inclinó aún más hacia el precipicio urbano y con un certero empujón, la lanzó a la oscura distancia entre la vida y la muerte. Una lágrima resbaló por el rostro enjuto de Rita y sus ojos se perdieron en el directorio telefónico buscando el número de Rogelio. “Así estará mejor”, se dijo mientras marcaba.


2014



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