Milagro en Alta Gracia

En la hermosa ciudad serrana de Alta Gracia, Córdoba, Argentina, todos los días 11 de febrero de cada año se celebra el día de la Virgen de Lourdes y es costumbre salir desde la Catedral de la capital de la Provincia en una larga  peregrinación a pie de más de 37 Km.  hasta un lugar llamado “La Gruta”, donde se venera la imagen de la virgen y hasta donde llegan todos los fieles, muchos arrastrándose, otros de rodillas, otros con los pies llenos de ampollas y llagas portando sus velas, pedidos, agradecimientos y ofrendas a la virgen santa. Algunos quedan en el camino. Pero igual todo el sector se inunda de miles de personas y el paisaje verde oscuro de los cerros próximos y bajos, se pierde en un multicolor gentío que todo lo invade en su marcha de Fe. Una avalancha de peregrinos provoca que en el amontonamiento se den múltiples situaciones, por ejemplo, es fácil perderse entre la muchedumbre. Eso fue lo que ocurrió en un predio próximo a la iglesia, regenteada por curas franciscanos,  al que se tiene que acceder para llegar a la Gruta de Lourdes.


Milagro en Alta Gracia

La desesperación de una madre se trasmitió de persona a persona, como una cadena humana de favor y pedido a la Virgen. No encontraba a su pequeña hija Florencia de 10 años. Los familiares que la acompañaban, prestos, dieron aviso a la autoridad del orden con la descripción de Florencia. Un metro quince de altura, ojos negros, cabello negro lacio, sujeto en la nuca con una cinta blanca, tez morena, con un pequeño lunar en el pómulo izquierdo. Vestía un pantalón blanco y una camisa de mangas cortas, color celeste. La descripción se distribuyó entre los fieles como reguero de pólvora. Azucena, su madre, lloraba arrodillada ante la virgencita, rogando en su rezo que Flor, su única hija apareciera. La virgen no podía fallarle. Pasaron las horas y el drama crecía sin desenlace. No aparecía la niña. Todas las ideas terribles pasaron por las mentes de sus padres, que en su aflicción, sólo rezaban, ya sin sentido. Era la hora en que el sol del verano se escondía tras los cerros azules, cuando un agente de la Policía de la Provincia, encargado de custodiar el evento junto a otros cientos uniformados, apareció con Florencia, ojos negros, tez morena, pelo negro lacio, pero suelto, un metro quince de estatura, y una expresión mezcla de terror y asombro reflejada en su carita. Cuando el agente público la acercó a su desesperada madre, ésta se frenó en el intento de abrazo que extendió hacia la niña.
_Ésta, no es mi hija, vociferó más angustiada aún.
_Pero es igualita, agregó la vecina que la había acompañado en la peregrinación.
El padre se quedó callado, boquiabierto, sin voz y sin palabras. . .
En medio de tanta confusión, de miradas cruzadas, de interrogantes sin respuesta, en el impuesto silencio del anochecer, un hombre rubio y alto con el rostro desencajado irrumpió en el escenario de las dudas, muy cerca de la virgen que desde sus ojos de yeso miraba todo lo que sucedía y, dirigiéndose al agente público a gritos, ordenó:
_ ¡Devuélvame a mi hija! ¡Ésa, es mi hija, Soledad!
La pequeña al ver a su padre se zafó de la mano policial que todavía la sostenía y se abrazó al hombre rubio al son de un “papá” lastimero.
El desconcierto se hizo mayor entre los presentes y el agente auxiliado por otros tres compañeros que llegaron al lugar, tampoco podía explicarse lo sucedido. Mientras intercambiaban opiniones entre ellos y recibían directivas de su superior, una mujer bajita, achicada por los años, agobiada por el trance del peregrinaje del día, casi tambaleante se aproximó a la rueda de personas trayendo a la rastra a Florencia con su pantalón blanco todo embarrado.


_La encontré al borde del arroyito, llorando,  la pobrecita. . .y no quería venir conmigo, relataba la anciana con signos de un cansancio agotador.
Azucena se abalanzó sobre su hija y la abrazó como sólo una madre puede hacerlo, llenándola de besos, mientras entre sollozos, agradecía:
_ ¡Gracias, virgencita, gracias Virgen de Lourdes por el milagro! Pero el “milagro” habría de ser otro.
La historia recién empezaba para dos familias que no se conocieron nunca.
Los agentes del orden llevaron en el móvil policial a los cuatro padres y a las dos niñas inexplicablemente iguales, quienes no dejaban de mirarse y sonreírse.
El caso conmovió al Comisario que rápidamente se comunicó con el Secretario del Juez de Menores y el Fiscal de turno, tomando participación de inmediato la Asesora Letrada, quien representa el superior interés del menor, dando comienzo a la investigación.
El hombre rubio, padre de Soledad, quien también tenía diez años, sentado junto con su esposa que no salía de la crisis de angustia que la situación le había provocado, fue el primero en prestar declaración. Ellos eran turistas que habían venido a Córdoba a vacacionar unos días y devotos de la Virgen de Lourdes no quisieron perderse el solemne acto de fe. Él no podía procrear y después de siete años de matrimonio habían decidido adoptar. Una abogada amiga les había sugerido venir a Córdoba para anotarse en las listas que los Cuerpos auxiliares técnicos de los Juzgados competentes, llevan con los aspirantes a padres adoptivos. Habían recibido a Soledad de sólo cinco días de vida, después de tres largos años de espera y trámites.
Nada sabían de sus procreadores. La Ley vigente no exigía aún, el requisito posterior, según el cual, los nombres de los padres de sangre del menor adoptado deben de figurar en el expediente de adopción.
Mónica, la madre biológica, una jovencita de un barrio marginal de la capital quien, con su familia de ocho hermanos y su madre mayor habían llegado del interior provincial en busca de trabajo, lo había encontrado, pero también, la compañía de un hombre que le ofreció los primeros bocados de comida a cambio de sexo. Él le exigiría más tarde, que se desprendiera del embarazo que portaba. No quería cargar con la descendencia que le impediría su objetivo: la explotación de la madre.
La joven, desorientada, como tantas otras en situación similar, acudió al asesoramiento legal gratuito que prestaban las Asesorías Letradas. Logró escapar del Rufián (Proxeneta) y se escondió en una villa serrana próxima a Córdoba, donde después de muchos cavileos, consejos parroquiales y asesoramiento legal sobre las implicancias de dar su hijo en adopción, decidió ponerlo a disposición del Juez  para que alguna pareja lo adoptara. Se criaría sano y no le faltaría nada, argumentaba en silencio cuando, por las noches, no podía conciliar el sueño. La abuela materna se oponía, pero nada podía hacer. Su hija ya era mayor de edad.
_No me rete, mamita, no crea que no sufro, lo hago por su bien, nosotros no podremos criarlo. . .si apenas comemos algo de pan que Ud. hace más para vender que para comer y vivimos de la ayuda del cura y su hermana que es una santa. . . . Algún día. . .

La historia de Florencia fue distinta. Sus padres, en flagrancia con la ley la habían obtenido a cambio de dinero pagado a representantes de una red de corrupción que comenzaba con la propia profesional a la que habían recurrido con fines de adopción, ya que en su caso, era Azucena la que no podía procrear a pesar de infructuosos tratamientos intentados. La cadena de implicados continuaba con  el médico partero quien contaba con el apoyo de sus auxiliares y terminaba en un indiferente oficial público de un poblado alejado de la gran orbe, sin mayores conocimientos legales como para tomar recaudos del mismo tipo, quien, haciendo la vista gorda al certificado médico falso,  había inscripto a  Florencia como hija legítima de Azucena López y Darío Sanguinetti.
Según sus declaraciones, ellos sólo siguieron el consejo de la letrada inescrupulosa que los había convencido de seguir ese camino ilegal pero mucho más rápido.
Nunca volvieron a ver a la abogada y nada supieron acerca de la madre de Florencia, ya que en los papeles, jamás existió.
Pero, en la realidad que ellos mismos habían construido, sobre sospechas, miedos, culpas y reproches recíprocos, la madre siempre estuvo presente aunque nada se dijeran.

La realidad de Mónica, fue otra. En el  sexto mes de embarazo se enteró que esperaba mellizos. Su alegría fue incalculable al pensar que al ser dos los bebés, la pareja en espera los adoptaría y los hermanitos estarían siempre juntos, ayudándose y acompañándose mutuamente.
Cuando llegó el día del alumbramiento, el dolor tremendo de los pujos para que saliera el primero y después el segundo, resultó insignificante, comparado con el que sintió cuando la enfermera le comunicó que eran dos nenas pero que una había nacido muerta.
La depresión pos-parto, la pobreza y la falta de contención familiar e institucional llevaron a Mónica por caminos tortuosos hasta que conoció a un joven bueno y trabajador que la quiso con su historia encima, la sacó del “pozo” y le ofreció una vida digna.
Todos los 11 de Febrero, Mónica  hacía junto a miles de fieles, el peregrinaje para pedir a Nuestra Señora de Lourdes por el bienestar de sus hijas aunque una estuviera en la Tierra y la otra en el Cielo, cosa que sin tener prueba alguna, siempre había dudado.
Dos hermanas gemelas habían sido separadas diez años atrás en un trueque inmoral, negándoles el derecho de crecer juntas. Muchos responsables se presentaban a escena.  El milagro de la virgencita las había reunido y las niñas no querían ya separase jamás. Un difícil y largo camino se abría en su futuro inmediato. Tal vez, podrían visitarse pero no convivir,  hasta que la autoridad judicial fuera resolviendo a través de largos procesos, la justicia de los hechos. Florencia y Soledad estaban ahora bajo el amparo celestial de la Virgen de Lourdes y, aunque viviesen en distintas provincias, seguro se reunirían todos los 11 de febrero de cada año.
Y su progenitora las acompañaría desde el silencio y la prudente distancia, como esta vez, cuando en plena búsqueda de la niña perdida le pidió a su madre, anciana ya,  que llevara a la pequeña de pantalones blancos embarrados que encontró llorando en el arroyo hasta la Gruta, dónde su madre del corazón, rogaba por encontrarla.
Nadie se percató en el momento del reencuentro, que una mujer arrodillada, delgada, de largo cabello oscuro y lacio, ojos negros, tez morena y un lunar en el pómulo izquierdo,  también lloraba ante el Santuario de la Virgen.
Mónica, lloraba de pena y de alegría a la vez. La virgencita la había escuchado y  le agradecería todos los años, el verdadero “Milagro” de haber recuperado a su otra hija, aunque ninguna estuviese con ella.

“Un ejemplo de la sociedad de la que formamos parte”, pensaría más tarde el Juez de la causa. ¿Un milagro? ¿Un caso? Un resultado: Dos vidas unidas por el imponderable misticismo de la Fe y por  la carencia de calidades humanas de nuestro Ser aún en desarrollo.
2010

*Los lugares citados existen.
*El Cuento es de ficción pero refleja la realidad que siempre la supera.


Comentarios

  1. Hola, Millz:

    Ella lo sabía, la Vingencita no podía fallarle.

    Estupendo relato,

    Abrazos.

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  2. Gracias Fiaris, yo sé que lo sabes. Abrazo.

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  3. Siempre es un placer leer lo que escribes. Cuanto daño se hace separando lo que debe estar unido.
    Un abrazo.

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