El terruño y el amor


La pampa de altura es solitaria y silenciosa, inmensa y original. Nada en ella se ha transformado grandemente desde el Terciario, salvo por la erosión del viento y de los ríos. Alguna presencia humana se puede encontrar en la serpenteante ruta de ripio y arena que atraviesa la Pampa de San Luis. Si te lo propones, puedes distinguir en la soledad alta uno que otro oasis formado por árboles ajenos, cuyos retoños, quién sabe, plantó algún inmigrante deslumbrado con esta inmensidad nuestra, que le recordó a su tierra natal.
El "comechingón" natural de la región, en cambio, se conformaba con el chañar, el molle o el algarrobo criollo para recurrir a su sombra amontonada.

Me quedo mirando esta pampa de altura y me parece que la planicie está por devorarse las nubes oscuras allá, en el horizonte. Vuela entonces mi pensamiento en tamaña extensión y regreso al camino, lo veo deslizarse entre cerros de igual altura, reverdecidos por la lluvia tardía y, no tengo dudas, a lo lejos ya se divisa mi destino final, donde los collares de rocas grises y negras marcan los límites de la antigua escuela de montaña. Los miro, y en el momento recuerdo que las pircas de piedras fueron anteriores al alambrado, aunque todavía se las use por estos lares.

"Apenas cumpla dieciocho, me voy", me había dicho a mí misma y lo había repetido muchas veces, tanto que al terminar un verano me fui a la Capital para estudiar y ser maestra. El logro fue gracias  al patrón de la estancia dónde mi padre era puestero, más el aporte que hizo mi tía soltera de Characato.
Nunca entendí por qué esta tía no se había casado. Con ella me sentía muy a gusto. Solía visitarla unos pocos días en verano. Su casita estaba cerca del río Ávalos donde se pescan unas truchas hermosas que se devuelven, según la ley. Era un placer bañarme en él y disfrutar de las tertulias con mi pariente.



Más de cinco años estuve ausente de la planicie que me vio nacer, sin embargo nunca dejé de pensar en mi terruño, nunca me terminé de adaptar a la ciudad. Apenas terminaba el año de estudios, volvía para visitar a mi familia y pasar días inolvidables con mis hermanos, en las "ollas" del río Perchel.
Cuando conocí al Javier, comenzaba un febrero caliente, justo para la Fiesta patronal de la virgen de la Candelaria, cita familiar obligada por tradición y devoción.
Esa vez, llegó desde atrás de los cerros en su caballo moro, erguido y bien puesto, escoltado por varios paisanos más, entre ellos, su hermano y sus primos, como ameritaba la ocasión. A él no lo sacaba nadie de la Pampa de San Luis, decía.
En los “fogones” que se hacían al atardecer, alardeaba orgulloso que los cóndores lo acompañaban desde el cielo, cuando arriaba las ovejas.
La procesión, la comida, el baile y los turistas escasos que formaban mi entorno perdieron cuerpo, ese día. Sólo tuve ojos para el Javier. Cuando me miré en los suyos, vi la "pampa", mi terruño añorado en los inviernos capitalinos.
En el pelo lacio que escapaba de su sombrero gaucho, vi las pircas de piedras negras.
En su regazo de muchacho bueno, imaginé a mis hijos.
No me fui nunca más.

2015

Las pinturas que acompañan cada cuento pertenecen a Vladimir Volegov, pintor ruso contemporáneo
www.volegov.com


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